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domingo, 30 de abril de 2023
martes, 17 de marzo de 2020
MEDELLÍN. Urbanismo y Sociedad.Jorge Pérez Jaramillo.
TURNER Noema. 2019. Madrid.
La historia de los últimos 30 años en la ciudad de Medellín y de cómo se enfrentó una de las situaciones de crisis violenta más importantes de Latinoamérica hasta superarla, no sin problemas, mediante un "proceso social, participativo e incluyente" y de planificación territorial que ha desembocado en que los índices socioeconómicos y demográficos hayan cambiado su tendencia y se haya convertido la propia ciudad y su área metropolitana del río Aburrá en ejemplo internacional de prácticas urbanísticas y sociales con poder transformador.
Jorge PÉREZ JARAMILLO presenta en su libro Medellín. Urbanismo y Sociedad, editado por TURNER Noema en 2019 la historia viva de la transformación de una ciudad a lo largo de un proceso de 30 a 40 años en que partiendo de una crisis económica, violenta y un declive social con altas tasas delictivas, de paro, pobreza, desigualdad se construyó un camino para lograr revertir la situación y lograr construir una sociedad más justa, más inclusiva, más participativa y más democrática en definitiva. Utilizando como revulsivo precisamente la crisis se consiguió superar los nefastos indicadores de delincuencia, segregación, pobreza, paro, marginalidad, urbanismo no planificado, informalidad espacial y urbanística, etc...
Todo ese proceso de reversión de la situación crítica de la ciudad de Medellín y de su área metropolitana se consiguió a través de un proceso de intervención urbanístico y social con participación de todos los actores sociales e incluyente basado en el liderazgo colectivo y con la co-responsabilidad como factor cohesionante dando así representatividad y voz a toda la población incluidas las clases o grupos más pobres.
Es un gran experimento o quizás se podría decir que es la suma de muchos experimentos sociales y urbanísticos a diferentes escalas ampliando en el proceso el marco de un urbanismo de ingienería vial y técnica exclusivamente hacia un urbanismo social en que se contemplan parámetros más sociales, más inclusivos y participativos yendo con ello más allá de las concepciones puramente "ingenieriles" (no por ello menos necesarias) a otras en que se contempla la ciudad articulada y dotada con espacios públicos, parques, transporte público, bibliotecas, colegios, comedores, centros médicos, etc..., que en el marco de planificaciones a medio y largo plazo de carácter territorial (a escalas menores) y urbanístico (a escalas mayores) consiguieron que poco a poco, y no sin dificultades, aquéllos parámetros sociodemográficos negativos de la década de los 70-80 hayan revertido la tendencia en un plazo de tiempo relativamente corto hasta la actualidad.
El éxito de este proyecto se debe sobre todo a la confluencia de la universidad y sus escuelas de arquitectura que ya desde la década de los años 40 en el S. XX postulaban soluciones urbanísticas sobre la ciudad y su área metropolitana y cómo posteriormente evolucionó implicando a la sociedad y el ámbito político y creando en dicho proceso figuras del planeamiento adecuadas para la consecución de los planes estratégicos. Con todo ello el diálogo de los actores sociales y el aumento de la cohesión ciudadana aseguraron el éxito del proyecto ya que se articuló sobre la base de la co-responsabilidad, la participación ciudadana y la inclusión de todos los grupos sociales no solo en los proyectos a escala macro sino también en el diseño de proyectos con impacto microescalar en un ambiente que hiciera partícipe a las clases o grupos más desfavorecidos.
El proyecto de ciudad también se dibujó desde una perspectiva inclusiva y con el proyecto de ciudad inspirado en conceptos como "crecimiento hacia dentro", "derecho a la ciudad", la "equidad urbana", etc... De ese modo se luchó contra lo que venía siendo la nota dominante urbanística en los peores años de la ciudad de Medellín y su área metropolitana: la construcción de viviendas con altas densidades sobre suelo barato aumentando así la especulación del capital inversor y creando cargas urbanísticas importantes en forma de problemas de tráfico, transporte público, dotación y acceso a servicios básicos como el agua, la electricidad, gas, educación, servicios médicos, etc... y provocando con ello la creación de barrios excluidos, comunidades segregadas y en definitiva más fractura social.
En este punto el llamado urbanismo social se desarrollaron acciones en los barrios más desfavorecidos aumentando así sus oportunidades y dándoles voz a través de sus propios actores sociales consiguiendo con ello más inclusividad, más representatividad y más protagonismo a los más desfavorecidos y todo ello acompañándolo de intervenciones como dotación a los barrios de espacios públicos conceptuados como espacios de encuentro ciudadano y de estar diario. Un ejemplo de esas intervenciones o experimentos que se pusieron en marcha consensuados con aquellos con quienes se iba a "experimentar" fueron, o quizás debiera decir, son, pues se trata de un proyecto vivo, los llamados "TALLERES DE IMAGINARIOS COMUNITARIOS" (pág 139) o "UNIDADES DE VIDA ARTICULADA" en que la comunidad expresaba también su propio ingenio a la hora de valorar los "PLANES MAESTROS GENERALES". Es curioso en este punto como el concepto de BARRIO se articula como potencial unidad de análisis y de trabajo (págs 130-132).
En este marco se abordaron algunas medidas en la línea del CPTED para bajar la concentración de delitos mediante un "Plan Maestro de Iluminación" al detectarse en los análisis de diagnóstico socioeconómico la existencia de áreas muy oscuras en los barrios y en las cuales había una mayor concentración de delitos. Al detectar que esas áreas eran zonas de propiedad pública se ideó (participativamente) el modo de reconvertir esas propiedades en experimentos sociales a pequeña escala a través de la figura de las "UNIDADES DE VIDA ARTICULADA".
El PLAN DE MEJORAMIENTO INTEGRAL DE BARRIOS es uno de los instrumentos donde a partir del diagnóstico de una situación caracterizada por conceptos como viviendas con altas densidades en áreas periféricas con suelos a bajos precios, cargas urbanísticas, barrios excluidos, comunidades segregadas, fractura social..., se orientan los planes de ordenamiento territorial hacia como conceptos como crecimiento de la ciudad hacia dentro, acupuntura urbana, espacios públicos, equidad, comunidad, participación, freno a la especulación urbanística y que durante el periodo estudiado se han dado situaciones de cierta evolución desde punto de partida con construcción de viviendas con altas densidades en la periferia donde había suelo disponible y barato y donde se podían obtener grandes plusvalías, hacia el desarrollo de la ciudad hacia dentro basada en aumentar las densidades poblacionales en las áreas y barrios ya existentes apuntalando de esta forma la comunidad, la representatividad aprovechando el movimiento asociativo, sus líderes locales o de barrio y sus espacios públicos como espacios de encuentro y de fomento de su identidad comunitaria.
Este tipo de actuaciones consiguieron que el caso de Medellín sirviera de ejemplo a nivel internacional por cuanto suponía un cúmulo de experimentación urbanística y social con evidentes resultados en los principales indicadores socioeconómicos y demográficos. Sin embargo, ello no obsta a considerar que, como proyecto vivo, esté sujeto a los cambios políticos que se van sucediendo y, de hecho, el autor menciona la deriva populista y de fragmentación política que en los últimos años impregnó la política nacional colombiana y la local de Medellín y su área de influencia y de cómo muchos de los proyectos de los Planes de Ordenación se han postergado en el mejor de los casos. Esa es la razón de que dedique algunos capítulos a consideraciones del tipo "grandes retos que prevalecen" (pág 189).Es curioso, y aquí me quiero detener un poco, que mencione la seguridad ciudadana como uno de los retos que la sociedad de Medellín y su área metropolitana tienen por delante. Y cómo equipara o pone al mismo nivel conceptos como la "equidad", la "sostenibilidad ambiental", la "salud urbana", el "control territorial" la "articulación metropolitana" con el de la "seguridad".
El papel de la geografía en el análisis geoestratégico redundan en el control territorial de la ciudad expandida y su área de influencia a través de la relación entre conceptos como geografía, espacios urbanos, flujos de relaciones humanas, etc...
En ese marco tiene capital importancia el desarrollo de un fuerte sistema de PARTICIPACIÓN CIUDADANA que ofrece a la sociedad civil diversas instancias de representación. Hay entradas en el libro tituladas "participación ciudadana como base de la democracia" en se hacen observaciones como la de MARCO AURELIO MONTES en su libro Medellín que estás en el cielo (2004) en que se dice textualmente "las clases adineradas han ido transformando la ciudad al ritmo de la especulación".
Por otro lado en el análisis de la evolución de los índices de la ciudad de Medellín tienen gran relevancia los altos niveles de calidad y coberturas en servicios públicos de salud, educación, transporte, recreación (pág. 209), agua potable, energía, telecomunicaciones, gestión de residuos, etc... Pero es en el subcapítulo de la pág. 223 titulado "innovaciones para la vida pública" en que se dibuja el cuadro urbano desde el origen de las intervenciones a la actualidad. ahí, como se verá, se dibuja un panorama que se da en otras ciudades y áreas metropolitanas de iberoamérica: la ausencia de los así llamados ESPACIOS DE VIDA donde la inseguridad era la nota dominante y en que "la ciudad se desarrolla en base a urbanizaciones cerradas por muros y rejas controladas por vigilancia privada en los entornos más pudientes y los combos o pandillas en las áreas populares y barrios relegando el espacio común a su menor expresión". La ciudad en ese contexto equivale a entornos de vías de comunicación rodeados de muros. (A lo largo del libro desarrolla los problemas de ingienería viaria sobre las del urbanismo social).
Rehabilitar los espacios colectivos, reconquistar la ciudad ha sido fruto del cambio de paradigma en la forma de abordar los problemas en su conjunto, de propuestas técnicas, culturales y sociales de intensa experimentación y de diálogo social construido sobre la participación de los ciudadanos, sobre el aumento de las oportunidades y representatividad de estos y, por otro lado, las aportaciones académicas y los esfuerzos políticos.
En todo este escenario es importante que se tenga presente que la gestión de la seguridad ciudadana y el fomento de la vida pública entre otros factores hacen que la ciudad de Medellín haya llegado hasta este momento y encare el futuro decididamente.
Manuel Vera.
Marzo 2020.
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martes, 26 de febrero de 2019
EL CONFIDENCIAL. DANIEL BORASTEROS 26/02/2019 05:00 -
EL MAYOR GUETO DEL NARCOTRÁFICO EN ESPAÑA
El barrio en el que no se atreven a entrar ni los repartidores de Amazon
Buenos Aires, en Salamanca, vende la heroína más barata del país y ni siquiera la gente más humilde quiere vivir allí aunque las casas no valen nada
En España, hay un barrio en el que nunca suben los precios. Ni siquiera nadie se molesta en calcular el valor del metro cuadrado: no vale nada. Un grupo de casitas rojizas encajonado entre carreteras, vigilado por grupos de jóvenes con cadenas en sus entradas, y rodeado de esa hierba pajiza que crece donde no llega nadie en las ciudades. Un barrio en el que ningún niño alcanza la educación Secundaria, no entran los repartidores por miedo y se vende la heroína más barata de España. Los chicos viven en un clima de violencia desde que no levantan un metro del suelo y los modelos a imitar son los grandes narcos. Tampoco hay un solo inmigrante. Nadie quiere vivir en el barrio más blindado del país: Buenos Aires, en Salamanca.
“Lo de que no entren los repartidores es lo de menos”, se lamenta Emiliano de Tapia, que es a la vez el cura, el presidente de la asociación de vecinos y la única voz que se atreve a hablar en la zona. La empresa MRW, según denunció el grupo de Ciudadanos en el ayuntamiento salmantino, decidió el pasado septiembre vetar varias calles de este lugar. Se trata del único sitio al que no llegan “oficialmente”. “Es lógico que no entren, porque este barrio va ya por su tercera generación de gente que no ha vivido más que en la violencia y no tiene ningún contrapeso en su educación”, subraya el religioso.
A diferencia de otras barriadas marginales en las que es frecuente el tráfico de drogas, Buenos Aires es un fortín en el que no hay casi mezcla: aquí casi todos se dedican a lo mismo y casi nada de lo que hacen es legal. Se trata de un grupo de viviendas levantadas en 1983, cuando a raíz del 'boom' turístico en la ciudad castellana se decide recuperar la parte del casco histórico donde estaba el antiguo barrio chino echando a las familias que vivían allí y realojándolas en esta finca en los confines de la población. Hay 350 viviendas en total.
De hecho, los dos principales bloques en los que se centra el tráfico de drogas son propiedad de la
EL MAYOR GUETO DEL NARCOTRÁFICO EN ESPAÑA
El barrio en el que no se atreven a entrar ni los repartidores de Amazon
Buenos Aires, en Salamanca, vende la heroína más barata del país y ni siquiera la gente más humilde quiere vivir allí aunque las casas no valen nada
En España, hay un barrio en el que nunca suben los precios. Ni siquiera nadie se molesta en calcular el valor del metro cuadrado: no vale nada. Un grupo de casitas rojizas encajonado entre carreteras, vigilado por grupos de jóvenes con cadenas en sus entradas, y rodeado de esa hierba pajiza que crece donde no llega nadie en las ciudades. Un barrio en el que ningún niño alcanza la educación Secundaria, no entran los repartidores por miedo y se vende la heroína más barata de España. Los chicos viven en un clima de violencia desde que no levantan un metro del suelo y los modelos a imitar son los grandes narcos. Tampoco hay un solo inmigrante. Nadie quiere vivir en el barrio más blindado del país: Buenos Aires, en Salamanca.
“Lo de que no entren los repartidores es lo de menos”, se lamenta Emiliano de Tapia, que es a la vez el cura, el presidente de la asociación de vecinos y la única voz que se atreve a hablar en la zona. La empresa MRW, según denunció el grupo de Ciudadanos en el ayuntamiento salmantino, decidió el pasado septiembre vetar varias calles de este lugar. Se trata del único sitio al que no llegan “oficialmente”. “Es lógico que no entren, porque este barrio va ya por su tercera generación de gente que no ha vivido más que en la violencia y no tiene ningún contrapeso en su educación”, subraya el religioso.
A diferencia de otras barriadas marginales en las que es frecuente el tráfico de drogas, Buenos Aires es un fortín en el que no hay casi mezcla: aquí casi todos se dedican a lo mismo y casi nada de lo que hacen es legal. Se trata de un grupo de viviendas levantadas en 1983, cuando a raíz del 'boom' turístico en la ciudad castellana se decide recuperar la parte del casco histórico donde estaba el antiguo barrio chino echando a las familias que vivían allí y realojándolas en esta finca en los confines de la población. Hay 350 viviendas en total.
De hecho, los dos principales bloques en los que se centra el tráfico de drogas son propiedad de la
Junta de Castilla y León. Allí, en unas 30 viviendas, malviven los 'machacas' de las grandes familias de la droga y se encargan del trasiego diario. Son toxicómanos, en su mayoría de largo recorrido y cerca de 50 años, que, a cambio de sus dosis, trabajan para los clanes mafiosos.
“Todo esto surge porque el modo de vida de estas familias desaparece con los tiempos modernos y muchos escogen el narcotráfico como alternativa, lo que además es mucho más lucrativo”, relata Tapia. Los oficios a los que se reducen a, principalmente, la compraventa de mulos para trabajar en el campo. Un oficio, el de tratantes, en el que esos clanes ya han adquirido experiencia en relacionarse con las personas adecuadas para mover una mercancía de un lado para otro. Y lo mismo da animales que cocaína o heroína, siendo bastante más rentable el tráfico de drogas.
Un alto mando del Cuerpo Nacional de Policía en Madrid ya señalaba la relación de estos grupos de antiguos vendedores de animales salmantinos incluso con los grandes clanes de la droga que ahora están en Valdemingómez, el mayor punto de compraventa de estupefacientes de Europa. “Están aquí y allá, pero varias de las familias que controlan el mercado tienen fincas y provienen de Salamanca, Toledo o Extremadura”, recalcaba el policía.
“Este barrio es muy difícil y es una vergüenza, pero lo es también porque ha habido muchos intereses detrás para que fuera así”, desliza Tapia, a quien se le conoce popularmente como “el otro Papa de Buenos Aires”. Tapia se apunta a las teorías conspirativas que señalan al poder como el responsable del aumento del consumo de heroína en momentos puntuales: “A finales de los setenta con la movilización política, a primeros de los noventa con la crisis de entonces y la de 2008, en la que los jóvenes ven que no tienen ningún futuro”, desgrana. “Una manera de tener controlada a esa juventud es con las drogas”, sentencia el religioso, que ha apreciado un repunte en el consumo de heroína “en los últimos tres o cuatro años”.
Desde 2015, hay un grupo de trabajo con “reuniones sectoriales” para afrontar “el problema de Buenos Aires”, según explica un portavoz del Gobierno municipal salmantino. En esa comisión, además del consistorio, se sientan la Junta de Castilla y León y la subdelegación del Gobierno. Todos se han comprometido a “mejorar las condiciones del barrio”. Pero, por el momento, no se aprecian grandes resultados.
En el colegio público Gabriel Martín, los profesores acuden sin ninguna esperanza y con bastante temor. Ninguno de los niños que acude proseguirá sus estudios. Todos están atrapados en las dinámicas de la barriada y sus expectativas son seguir los pasos de los grandes héroes de cada clan de la droga. “Los padres que no están en el negocio no llevan sus hijos a ese colegio, no tiene ningún sentido”, revela Tapia, que insiste: “Esos niños son ya una tercera generación de narcos, no han vivido nunca una situación normal”. El colegio es tan peculiar que hasta los docentes tuvieron que compartir espacio con un okupa durante algún tiempo. Un hombre con problemas mentales que se colaba a dormir por el tejado del centro. “Lo curioso es que no era un hombre peligroso y era lo de menos de todo lo que sucede en aquel centro”, dice con ironía Tapia, que acoge en su parroquia a 17 exreclusos, como era el caso del hombre que pernoctaba en el colegio .
“Todo esto surge porque el modo de vida de estas familias desaparece con los tiempos modernos y muchos escogen el narcotráfico como alternativa, lo que además es mucho más lucrativo”, relata Tapia. Los oficios a los que se reducen a, principalmente, la compraventa de mulos para trabajar en el campo. Un oficio, el de tratantes, en el que esos clanes ya han adquirido experiencia en relacionarse con las personas adecuadas para mover una mercancía de un lado para otro. Y lo mismo da animales que cocaína o heroína, siendo bastante más rentable el tráfico de drogas.
Un alto mando del Cuerpo Nacional de Policía en Madrid ya señalaba la relación de estos grupos de antiguos vendedores de animales salmantinos incluso con los grandes clanes de la droga que ahora están en Valdemingómez, el mayor punto de compraventa de estupefacientes de Europa. “Están aquí y allá, pero varias de las familias que controlan el mercado tienen fincas y provienen de Salamanca, Toledo o Extremadura”, recalcaba el policía.
“Este barrio es muy difícil y es una vergüenza, pero lo es también porque ha habido muchos intereses detrás para que fuera así”, desliza Tapia, a quien se le conoce popularmente como “el otro Papa de Buenos Aires”. Tapia se apunta a las teorías conspirativas que señalan al poder como el responsable del aumento del consumo de heroína en momentos puntuales: “A finales de los setenta con la movilización política, a primeros de los noventa con la crisis de entonces y la de 2008, en la que los jóvenes ven que no tienen ningún futuro”, desgrana. “Una manera de tener controlada a esa juventud es con las drogas”, sentencia el religioso, que ha apreciado un repunte en el consumo de heroína “en los últimos tres o cuatro años”.
Desde 2015, hay un grupo de trabajo con “reuniones sectoriales” para afrontar “el problema de Buenos Aires”, según explica un portavoz del Gobierno municipal salmantino. En esa comisión, además del consistorio, se sientan la Junta de Castilla y León y la subdelegación del Gobierno. Todos se han comprometido a “mejorar las condiciones del barrio”. Pero, por el momento, no se aprecian grandes resultados.
En el colegio público Gabriel Martín, los profesores acuden sin ninguna esperanza y con bastante temor. Ninguno de los niños que acude proseguirá sus estudios. Todos están atrapados en las dinámicas de la barriada y sus expectativas son seguir los pasos de los grandes héroes de cada clan de la droga. “Los padres que no están en el negocio no llevan sus hijos a ese colegio, no tiene ningún sentido”, revela Tapia, que insiste: “Esos niños son ya una tercera generación de narcos, no han vivido nunca una situación normal”. El colegio es tan peculiar que hasta los docentes tuvieron que compartir espacio con un okupa durante algún tiempo. Un hombre con problemas mentales que se colaba a dormir por el tejado del centro. “Lo curioso es que no era un hombre peligroso y era lo de menos de todo lo que sucede en aquel centro”, dice con ironía Tapia, que acoge en su parroquia a 17 exreclusos, como era el caso del hombre que pernoctaba en el colegio .
La situación del barrio es tan peculiar que cuando una mafia dedicada al tráfico de personas dejó tirados a 700 bolivianos en la provincia castellana y se los ubicó en esta zona por parte de los Servicios Sociales, todos se fueron marchando del lugar hasta no quedar ninguno de ellos. Si se vende una casa en Buenos Aires, el precio lo ponen los clanes de la droga y se la quedan ellos. Aunque ninguna alcanza más de 18.000 euros en esas compraventas . Los dos bloques en los que se centra el tráfico pertenecen a la Junta, pero tienen todos los suministros pirateados. Una situación que la asociación vecinal Asdecoba denuncia porque entiende que es “peligrosa”. El hartazgo de este grupo de vecinos es tal que lo que piden es, directamente, “que tiren el barrio y se empiece desde cero”, como exigieron en una manifestación el pasado 4 de febrero.
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domingo, 18 de noviembre de 2018
Los Distritos Madrileños más inseguros.
Carmena lleva más policía a cinco distritos para calmar a los vecinos
Diez barrios de Puente de Vallecas, Usera, Villaverde, Carabanchel y Latina tendrán mayor presencia policial hasta después de Navidades
Es curioso como ante el aumento de delincuencia en varios distritos de Madrid las asociaciones vecinales se han movilizado para solicitar de la administración pública una mayor presencia policial y la puesta en marcha de un Plan de Seguridad ha sido la respuesta por parte del Ayuntamiento de Madrid.
Cuando se entra a analizar las barriadas en que se ha puesto en marcha el plan observamos que ya desde antes que se evidenciara el problema de esos distritos hay otras entidades privadas que ya vienen analizando el problema desde mucho antes; tal es el caso del portal inmobiliario Idealista.com, pero lo que es más curioso y lo que quiero resaltar aquí es que los dos mapas que acompañan al artículo que se enlaza aquí combinan dos categorías de datos: los índices de delincuencia y el precio medio del m2 por distritos. Es decir, para el portal inmobiliario ambos datos van relacionados. Más allá de contrastar esta correlación de un modo más científico, se evidencia, a priori que existe un nexo entre las variables, si bien habría que estudiar qué fuerza y qué sentido tiene esa correlación.


En ese sentido, si seguimos indagando en esta problemática, encontramos otro hecho que se relaciona con estas cuestiones, con estas variables: es el auge de los locales de apuestas en ciertos distritos de Madrid, en un artículo de el 28 de enero de 2018 aparecido en El Confidencial titulado "las salas de juego exprimen los barrios pobres de Madrid: crecen un 140% desde 2014" se analiza la problemática que supone el auge de estos locales y cómo se asientan en los distritos más pobres de la capital y casualmente coinciden con los de mayores tasas de delincuencia o, al menos, con ciertos tipos de delincuencia (contra la propiedad, drogas, etc...).
En este mismo sentido se pronunciaban los contertulios del programa de radio de Ondacero Julia en la onda del día 16/11/18 donde se analizaba el auge de estos locales en aquellos "barrios" más depauperados de Madrid con mayores índices de pobreza, más paro juvenil, etc...
Se evidencia así que todos estos factores están relacionados entre sí y que para abordar esta problemática debe trabajarse desde diferentes ángulos de una realidad poliédrica en la que la actuación policial es uno más de los aspectos a tratar pero desde luego no el único, es decir, abordar el problema exclusivamente desde una perspectiva policial es un error, deben entrar en juego otras soluciones que de un modo transversal ayuden a paliar esa situación de inseguridad.
Carmena lleva más policía a cinco distritos para calmar a los vecinos
Diez barrios de Puente de Vallecas, Usera, Villaverde, Carabanchel y Latina tendrán mayor presencia policial hasta después de Navidades
Es curioso como ante el aumento de delincuencia en varios distritos de Madrid las asociaciones vecinales se han movilizado para solicitar de la administración pública una mayor presencia policial y la puesta en marcha de un Plan de Seguridad ha sido la respuesta por parte del Ayuntamiento de Madrid.
Cuando se entra a analizar las barriadas en que se ha puesto en marcha el plan observamos que ya desde antes que se evidenciara el problema de esos distritos hay otras entidades privadas que ya vienen analizando el problema desde mucho antes; tal es el caso del portal inmobiliario Idealista.com, pero lo que es más curioso y lo que quiero resaltar aquí es que los dos mapas que acompañan al artículo que se enlaza aquí combinan dos categorías de datos: los índices de delincuencia y el precio medio del m2 por distritos. Es decir, para el portal inmobiliario ambos datos van relacionados. Más allá de contrastar esta correlación de un modo más científico, se evidencia, a priori que existe un nexo entre las variables, si bien habría que estudiar qué fuerza y qué sentido tiene esa correlación.


En ese sentido, si seguimos indagando en esta problemática, encontramos otro hecho que se relaciona con estas cuestiones, con estas variables: es el auge de los locales de apuestas en ciertos distritos de Madrid, en un artículo de el 28 de enero de 2018 aparecido en El Confidencial titulado "las salas de juego exprimen los barrios pobres de Madrid: crecen un 140% desde 2014" se analiza la problemática que supone el auge de estos locales y cómo se asientan en los distritos más pobres de la capital y casualmente coinciden con los de mayores tasas de delincuencia o, al menos, con ciertos tipos de delincuencia (contra la propiedad, drogas, etc...).
En este mismo sentido se pronunciaban los contertulios del programa de radio de Ondacero Julia en la onda del día 16/11/18 donde se analizaba el auge de estos locales en aquellos "barrios" más depauperados de Madrid con mayores índices de pobreza, más paro juvenil, etc...
Se evidencia así que todos estos factores están relacionados entre sí y que para abordar esta problemática debe trabajarse desde diferentes ángulos de una realidad poliédrica en la que la actuación policial es uno más de los aspectos a tratar pero desde luego no el único, es decir, abordar el problema exclusivamente desde una perspectiva policial es un error, deben entrar en juego otras soluciones que de un modo transversal ayuden a paliar esa situación de inseguridad.
sábado, 29 de septiembre de 2018
jueves, 1 de junio de 2017
jueves, 25 de mayo de 2017
CÓMO "CURAR LA VIOLENCIA"
ARGEMINO BARRO. NUEVA YORK
El Confidencial, 25/05/2017
Los pacificadores de South Bronx: el barrio más peligroso de Nueva York
Hoy es el barrio más pobre y violento de la ciudad. Recorremos el South Bronx con vecinos convertidos en "interruptores de la violencia". Los tiroteos en su zona de trabajo han caído un 37%
DELINCUENCIA
“Dime una cosa, ¿traerías a tu hijo a jugar a este parque?”, dice Jonathan apuntando a un amasijo ondulado que recuerda a un tobogán. Es como una ruina griega, pero de metal desconchado. “Yo no traería ni a mi perro”, añade. Luego señala un andamio largo y húmedo que ensombrece uno de los caminos. “Lleva años aquí; nadie sabe para qué lo montaron”. A pie del andamio, charcos de agua y basura.Jonathan no habla de urbanismo, sino de violencia. De un paisaje carcomido y abandonado; de los edificios ciclópeos donde se cocina a fuego lento el conflicto. “Malos tratos, drogas, peleas, encarcelamientos…”, enumera Jonathan como si fuera una lista de la compra. Estamos en South Bronx, y el trabajo de este afroamericano de 38 años es evitar lo que considera el resultado último de la exclusión social: los tiroteos.Parece que la historia reciente, portadora de paz y franquicias de diseño, no ha pasado por estas calles. Nueva York ha visto bajar el crimen en picado el último cuarto de siglo, pero no aquí. Determinadas porciones del Bronx siguen siendo ricas en bandas callejeras, provistas de armas baratas que llegan ilegalmente desde otros estados.
Basta con levantar una piedra para encontrar un relato de violencia. Como el de Daniel Rice, tiroteado en dos ocasiones, condenado a una silla de ruedas. O el de Roberto Rodríguez, acribillado a pocos bloques de aquí. Solo en este distrito policial, el número 40, un recuadro de South Bronx, hubo 14 asesinatos en 2016. El propio Jonathan reconoce haber perdido a “familiares y amigos”, sin entrar en detalle.La organización para la que trabaja a tiempo parcial, S.O.S. (siglas en inglés de “salvar nuestras calles”) South Bronx, se sumerge en este mundo de una forma flexible, casi zen. Explora las calles a través devecinos convertidos en “interruptores de violencia”, como Jonathan, que nació y creció en esos bloques, para tejer una red de ojos y oídos que midan la temperatura del barrio. Hay que ganar credibilidad en la comunidad”, explica James “Jaime” Rivera, coordinador y enlace comunitario de S.O.S. South Bronx. Neoyorquino de origen portorriqueño y exmiembro de la banda de los Ñetas, Rivera dice que solo emplean a gente local: “Personas de la misma comunidad, que la comunidad conozca, tanto adultos como jóvenes, y que sepan desarrollar relaciones en momentos de paz”.Lo primero que hace esta organización sin ánimo de lucro, financiada con dinero público, es identificar “participantes de alto riesgo”: jóvenes de entre 16 y 24 años que cumplan cuatro de siete factores: fundamentalmente, si son violentos o víctimas de violencia, si han estado en prisión, venden drogas o se rumorea que van armados. S.O.S. tiene a 12 personas en la calle, manteniendo el diálogo con los dueños de negocios, predicadores, abuelas, o incluso los jefes de las bandas. Una vez localizados los “casos”, se les escucha y se les proponen soluciones u oportunidades de integración."Hoy los niños, cuando están en un parque y hay un tiroteo, se agachan durante cinco minutos y después siguen jugando"Rivera afirma que actuar “de manera reactiva” es inútil. Uno no puede desactivar un conflicto si no conoce a la gente implicada y no ofrece una alternativa. “Yo no puedo decirte que vendas o que no vendas drogas; eso solo lo puede hacer alguien que dé algo a cambio. Y por eso nosotros damos un adiestramiento para encontrar un trabajo, mantenerlo, conectar con recursos educativos, etc. Y ahí tengo un poco más de derecho a criticar la manera en que vivas tu vida. Y decirte: hay otros medios”.Jonathan explica que un joven lo llamó recientemente con aire preocupado. Alguien le debía dinero, pero, en lugar de pagarle, se dedicaba a ridiculizarle a escondidas. “Me explicó que quería recurrir a la violencia; tenía miedo de perder su ‘credibilidad de la calle’, su respeto, si este hombre no le pagaba. Lo que hice fue decirle: ‘te entiendo. Pero vamos a ver las consecuencias. Tienes posibilidades de que te cojan las autoridades, sin cobrar esos 200 dólares. Estás pasándolo mal, pero no has cometido un delito’. Así que enfaticé las cosas buenas que hace y afortunadamente pudo dejar a un lado su enfado. Hoy trabaja en el aeropuerto, gana un dinero decente, y acaba de salir de casa de su madre. Él me lo agradece, su hermana me lo agradece”.
.El esplendor material de Nueva York tiene su reverso en Newtown Creek, un estuario rodeado por refinerías, desagües, depósitos de gas y factorías donde se tramita el 40% de la basuraCada empleado cultiva diferentes círculos, adaptados a su bagaje social. Jonathan se centra en comunidades afroamericanas; su compañera Marisol, en los latinos. “Llevo cinco casos de participantes, uno de ellos en prisión”, explica Marisol. “Les ayudo a buscar empleo, y también trabajo con los hospitales. Me llaman y dicen que tienen un caso de apuñalamiento o tiroteo, y me preguntan: ¿puedes venir, u otro miembro de S.O.S.? No quieren que, cuando el paciente salga, haga daño a alguien. Hablo con la madre o con el padre. Les dejo usar mi teléfono. Soy como el familiar que no tienen”.S.O.S. no comunica a la policía lo que hacen o dejan de hacer las bandas, y ofrece en su oficina un espacio seguro para que cualquier joven pueda hablar abiertamente de sus problemas. “No decimos quién tiene razón o quién está equivocado; simplemente reducimos el conflicto”, declara Jonathan, que prefiere no revelar su apellido.
Cómo "curar la violencia"
Este modelo de actuación se llama Cure Violence, “curar la violencia”, y nació en Chicago la década pasada. En 2009 se implantó en Crown Heights, un barrio de Brooklyn afectado por los asesinatos con armas de fuego, y en 2012 en South Bronx. Según un estudio de Northwestern University, las zonas de EEUU donde se aplica experimentan unareducción de las agresiones de entre el 15% y el 40% en dos años.Los recursos de S.O.S. solo les permiten cubrir una treintena de bloques entre las calles 147 y 156. Su contabilidad, que cotejan con la que lleva la policía, dice que los tiroteos han descendido un 37%. En el momento de entregar este artículo, su zona llevaba 326 días sin registrar ningún incidente. Al contrario que el resto de South Bronx.
Este barrio, que simboliza desde hace años las peores plagas urbanas,fue en su día un lugar próspero, arbolado y señorial. Una residencia de la aristocracia neoyorquina, cuyo ego sigue presente en las fachadas que sacan pecho sobre un promontorio, o en los nombres épicos de sus calles, bautizadas en honor de próceres olvidados.El destino de South Bronx se empezó a torcer a mediados del siglo pasado. Una autopista enorme se construyó en pleno barrio, devaluando rápidamente los precios inmobiliarios. La crisis económica cerró las fábricas, la clase media emigró, y las viviendas sociales que quedaron, desprovistas de servicios municipales, se convirtieron en cultivos de marginación. El vecindario tocó fondo con la ola de crack en los ochenta.Como si todas las desgracias se pusieran de acuerdo, South Bronx es hoy el barrio más pobre, contaminado y violento de la ciudad. Es aquí donde se procesa el 80% de la basura neoyorquina; el distrito policial 40 es el que más homicidios registra. Sus detectives tienen, de media, cuatro casos cada uno, frente a un homicidio por cada detective en el Bajo Manhattan. La mitad queda sin resolver.“Nosotros entendemos que la violencia no es normal”, declara Jaime Rivera, de 45 años. “Hoy los niños, cuando están en un parque y hay un tiroteo, se agachan durante cinco minutos y después siguen jugando. Ya no lo vemos como algo raro. Si antes se oía que alguien llevaba un arma, la gente se escondía. Hoy están tan diluidas que no se identifican. Si damos educación pública es para demostrar que esto no es normal”.Según Jonathan, más que la pobreza en sí, el factor determinante es la frustración y la falta de modelos de conducta. Aquellos años de crack se llevaron una generación entera por sobredosis, bala o cárcel; miles de niños han crecido huérfanos, en circunstancias de las que no salen, afirma, porque no ven un camino. “Nadie quiere ir a prisión”.
ARGEMINO BARRO. NUEVA YORK
El Confidencial, 25/05/2017
Los pacificadores de South Bronx: el barrio más peligroso de Nueva York
Hoy es el barrio más pobre y violento de la ciudad. Recorremos el South Bronx con vecinos convertidos en "interruptores de la violencia". Los tiroteos en su zona de trabajo han caído un 37%
DELINCUENCIA
“Dime una cosa, ¿traerías a tu hijo a jugar a este parque?”, dice Jonathan apuntando a un amasijo ondulado que recuerda a un tobogán. Es como una ruina griega, pero de metal desconchado. “Yo no traería ni a mi perro”, añade. Luego señala un andamio largo y húmedo que ensombrece uno de los caminos. “Lleva años aquí; nadie sabe para qué lo montaron”. A pie del andamio, charcos de agua y basura.Jonathan no habla de urbanismo, sino de violencia. De un paisaje carcomido y abandonado; de los edificios ciclópeos donde se cocina a fuego lento el conflicto. “Malos tratos, drogas, peleas, encarcelamientos…”, enumera Jonathan como si fuera una lista de la compra. Estamos en South Bronx, y el trabajo de este afroamericano de 38 años es evitar lo que considera el resultado último de la exclusión social: los tiroteos.Parece que la historia reciente, portadora de paz y franquicias de diseño, no ha pasado por estas calles. Nueva York ha visto bajar el crimen en picado el último cuarto de siglo, pero no aquí. Determinadas porciones del Bronx siguen siendo ricas en bandas callejeras, provistas de armas baratas que llegan ilegalmente desde otros estados.
Basta con levantar una piedra para encontrar un relato de violencia. Como el de Daniel Rice, tiroteado en dos ocasiones, condenado a una silla de ruedas. O el de Roberto Rodríguez, acribillado a pocos bloques de aquí. Solo en este distrito policial, el número 40, un recuadro de South Bronx, hubo 14 asesinatos en 2016. El propio Jonathan reconoce haber perdido a “familiares y amigos”, sin entrar en detalle.La organización para la que trabaja a tiempo parcial, S.O.S. (siglas en inglés de “salvar nuestras calles”) South Bronx, se sumerge en este mundo de una forma flexible, casi zen. Explora las calles a través devecinos convertidos en “interruptores de violencia”, como Jonathan, que nació y creció en esos bloques, para tejer una red de ojos y oídos que midan la temperatura del barrio. Hay que ganar credibilidad en la comunidad”, explica James “Jaime” Rivera, coordinador y enlace comunitario de S.O.S. South Bronx. Neoyorquino de origen portorriqueño y exmiembro de la banda de los Ñetas, Rivera dice que solo emplean a gente local: “Personas de la misma comunidad, que la comunidad conozca, tanto adultos como jóvenes, y que sepan desarrollar relaciones en momentos de paz”.Lo primero que hace esta organización sin ánimo de lucro, financiada con dinero público, es identificar “participantes de alto riesgo”: jóvenes de entre 16 y 24 años que cumplan cuatro de siete factores: fundamentalmente, si son violentos o víctimas de violencia, si han estado en prisión, venden drogas o se rumorea que van armados. S.O.S. tiene a 12 personas en la calle, manteniendo el diálogo con los dueños de negocios, predicadores, abuelas, o incluso los jefes de las bandas. Una vez localizados los “casos”, se les escucha y se les proponen soluciones u oportunidades de integración."Hoy los niños, cuando están en un parque y hay un tiroteo, se agachan durante cinco minutos y después siguen jugando"Rivera afirma que actuar “de manera reactiva” es inútil. Uno no puede desactivar un conflicto si no conoce a la gente implicada y no ofrece una alternativa. “Yo no puedo decirte que vendas o que no vendas drogas; eso solo lo puede hacer alguien que dé algo a cambio. Y por eso nosotros damos un adiestramiento para encontrar un trabajo, mantenerlo, conectar con recursos educativos, etc. Y ahí tengo un poco más de derecho a criticar la manera en que vivas tu vida. Y decirte: hay otros medios”.Jonathan explica que un joven lo llamó recientemente con aire preocupado. Alguien le debía dinero, pero, en lugar de pagarle, se dedicaba a ridiculizarle a escondidas. “Me explicó que quería recurrir a la violencia; tenía miedo de perder su ‘credibilidad de la calle’, su respeto, si este hombre no le pagaba. Lo que hice fue decirle: ‘te entiendo. Pero vamos a ver las consecuencias. Tienes posibilidades de que te cojan las autoridades, sin cobrar esos 200 dólares. Estás pasándolo mal, pero no has cometido un delito’. Así que enfaticé las cosas buenas que hace y afortunadamente pudo dejar a un lado su enfado. Hoy trabaja en el aeropuerto, gana un dinero decente, y acaba de salir de casa de su madre. Él me lo agradece, su hermana me lo agradece”.
.El esplendor material de Nueva York tiene su reverso en Newtown Creek, un estuario rodeado por refinerías, desagües, depósitos de gas y factorías donde se tramita el 40% de la basuraCada empleado cultiva diferentes círculos, adaptados a su bagaje social. Jonathan se centra en comunidades afroamericanas; su compañera Marisol, en los latinos. “Llevo cinco casos de participantes, uno de ellos en prisión”, explica Marisol. “Les ayudo a buscar empleo, y también trabajo con los hospitales. Me llaman y dicen que tienen un caso de apuñalamiento o tiroteo, y me preguntan: ¿puedes venir, u otro miembro de S.O.S.? No quieren que, cuando el paciente salga, haga daño a alguien. Hablo con la madre o con el padre. Les dejo usar mi teléfono. Soy como el familiar que no tienen”.S.O.S. no comunica a la policía lo que hacen o dejan de hacer las bandas, y ofrece en su oficina un espacio seguro para que cualquier joven pueda hablar abiertamente de sus problemas. “No decimos quién tiene razón o quién está equivocado; simplemente reducimos el conflicto”, declara Jonathan, que prefiere no revelar su apellido.
Cómo "curar la violencia"
Este modelo de actuación se llama Cure Violence, “curar la violencia”, y nació en Chicago la década pasada. En 2009 se implantó en Crown Heights, un barrio de Brooklyn afectado por los asesinatos con armas de fuego, y en 2012 en South Bronx. Según un estudio de Northwestern University, las zonas de EEUU donde se aplica experimentan unareducción de las agresiones de entre el 15% y el 40% en dos años.Los recursos de S.O.S. solo les permiten cubrir una treintena de bloques entre las calles 147 y 156. Su contabilidad, que cotejan con la que lleva la policía, dice que los tiroteos han descendido un 37%. En el momento de entregar este artículo, su zona llevaba 326 días sin registrar ningún incidente. Al contrario que el resto de South Bronx.
Este barrio, que simboliza desde hace años las peores plagas urbanas,fue en su día un lugar próspero, arbolado y señorial. Una residencia de la aristocracia neoyorquina, cuyo ego sigue presente en las fachadas que sacan pecho sobre un promontorio, o en los nombres épicos de sus calles, bautizadas en honor de próceres olvidados.El destino de South Bronx se empezó a torcer a mediados del siglo pasado. Una autopista enorme se construyó en pleno barrio, devaluando rápidamente los precios inmobiliarios. La crisis económica cerró las fábricas, la clase media emigró, y las viviendas sociales que quedaron, desprovistas de servicios municipales, se convirtieron en cultivos de marginación. El vecindario tocó fondo con la ola de crack en los ochenta.Como si todas las desgracias se pusieran de acuerdo, South Bronx es hoy el barrio más pobre, contaminado y violento de la ciudad. Es aquí donde se procesa el 80% de la basura neoyorquina; el distrito policial 40 es el que más homicidios registra. Sus detectives tienen, de media, cuatro casos cada uno, frente a un homicidio por cada detective en el Bajo Manhattan. La mitad queda sin resolver.“Nosotros entendemos que la violencia no es normal”, declara Jaime Rivera, de 45 años. “Hoy los niños, cuando están en un parque y hay un tiroteo, se agachan durante cinco minutos y después siguen jugando. Ya no lo vemos como algo raro. Si antes se oía que alguien llevaba un arma, la gente se escondía. Hoy están tan diluidas que no se identifican. Si damos educación pública es para demostrar que esto no es normal”.Según Jonathan, más que la pobreza en sí, el factor determinante es la frustración y la falta de modelos de conducta. Aquellos años de crack se llevaron una generación entera por sobredosis, bala o cárcel; miles de niños han crecido huérfanos, en circunstancias de las que no salen, afirma, porque no ven un camino. “Nadie quiere ir a prisión”.
domingo, 14 de mayo de 2017
pazciudadana: Marxloh, Duisburgo. Alemania l suburbio de Alemani...
pazciudadana: Marxloh, Duisburgo. Alemania
l suburbio de Alemani...: Marxloh, Duisburgo. Alemania l suburbio de Alemania donde nadie quiere vivir La inseguridad y los barrios fuera de la ley son temas centra...
l suburbio de Alemani...: Marxloh, Duisburgo. Alemania l suburbio de Alemania donde nadie quiere vivir La inseguridad y los barrios fuera de la ley son temas centra...
Marxloh, Duisburgo. Alemania
l suburbio de Alemania donde nadie quiere vivir
La inseguridad y los barrios fuera de la ley son temas centrales de la campaña para las decisivas elecciones de Renania del Norte-Westfalia
ANA CARBAJOSA
Duisburgo 13 MAY 2017 - 18:54
Los rostros de los pasajeros que viajan en el tranvía 903 que lleva a Marxloh anticipan que no se dirige al lugar en el que uno sueña que crezcan sus hijos. Ojeras, pelos desteñidos, bocas destentadas y cuerpos engordados viajan hasta el barrio conocido en Alemania como una no go area(área a la que no ir), un lugar donde recomiendan no ir si quiere uno estar a salvo.
En Marxloh, un distrito del norte de Duisburgo es precisamente donde se ha acuñado el término no-go area, que se ha convertido en un arma arrojadiza omnipresente en la campaña de las elecciones regionales de Renania del Norte-Westfalia. El resultado de los comicios que se celebran este domingo decidirá en buena medida las posibilidades que tiene la canciller Angela Merkel de lograr su cuarto mandato.
La imagen de este suburbio en el resto de Alemania es terrorífica. La prensa alemana habla de clanes familiares que controlan Marxloh y de la justicia paralela que supuestamente rige la vida del barrio. Pero lo cierto es que Marxloh ni es una favela brasileña, ni hay balas perdidas esperando a que uno pase por allí. Marxloh es un gueto empobrecido, donde el 60% de sus 20.000 habitantes es de origen extranjero y donde viven aquellos que no tienen posibilidad de escapar. Porque el que puede, se va.
La basura se acumula en las aceras y hay edificios que se caen a trozos. Es fácil encontrar viviendas vacías y hay multitud de tiendas que han echado el cierre para siempre y los locales han quedado abandonados. Por la calle pasan BMW y Mercedes con cristales tintados a gran velocidad. En la parada del tranvía, un joven con la cabeza rapada y pantalones y gorra de camuflaje detalla su viaje ideológico y político. “Mire, yo he sido siempre miembro del SPD [socialistas alemanes], pero ahora voy a votar en blanco. A mi hijo le atacaron con un cuchillo y desde entonces, veo las cosas de otra manera”, dice Oliver O´Donnay, ayudante de laboratorio de 52 años. “Mi madre vive aquí, pero yo tengo miedo de venir por la noche”.
Los dos grandes partidos, democristianos y socialdemócratas, llegan muy igualados a las urnas y durante la campaña han competido por ver quién ofrece más policías, más cámaras y más deportaciones de indocumentados. No es posible que haya lugares en Alemania en los que supuestamente no entra ni la policía y que están vedados al ciudadano medio; no es posible que “nuestras mujeres” no puedan ir tranquilamente por la calle por la noche, repiten los políticos, en alusión a Marxloh y a los ataques sexuales en Colonia de hace año y medio en Nochevieja.
Dagmar Keiper, con su hija y con su nieta en uan calle de Marxloh, al norte de Duisburgo en el Estado federado de Renania del Norte-Westfalia.
Dagmar Keiper, con su hija y con su nieta en uan calle de Marxloh, al norte de Duisburgo en el Estado federado de Renania del Norte-Westfalia. MATTHIAS GRABEN
La oleada de robos en domicilios, los fallos en la lucha antiterrorista (al autor del atentado del mercado de Navidad en Berlín lo dejaron escapar las autoridades renanas) y la degradación de barrios como Marxloh o el norte de Dortmund se entremezclan en un plancton electoral que contribuye a crear una sensación de inseguridad que no siempre coincide con la realidad. La CDU de Angela Merkel, asociada con una línea más dura en materia de seguridad, tiene bastante que ganar con este debate.
Cuenca minera
La historia de Marxloh es también la de la cuenca minera del Ruhr, la del declive de la industria pesada y la reconversión asimétrica. Miles de vecinos de Marxloh, muchos de ellos gastarbeiters (empleados extranjeros) turcos, trabajaron en ThyssenKrupp, la acería cercana, que a partir de los años setenta redujo drásticamente las plantillas. Sin salarios ni poder adquisitivo comenzó el declive y el cierre de los comercios. Comenzó la huida de los más pudientes y la llegada de los desposeídos.
Desde hace unos tres años, cuando Alemania levantó las restricciones a la libre circulación, han desembarcado en Marxloh unos 4.000 rumanos y búlgaros, protagonistas del verdadero problema de integración. “Vienen porque hay muchísimas viviendas vacías, pero no hablan alemán, no tienen formación y aparecen y desaparecen”, explica en un restaurante turco Manfred Slykers, trabajador de la acería y representante del SPD del barrio, en el que ha crecido y donde vive. Cree que lo de la no-go area es una tontería que explotan los políticos, pero “sí, claro, aquí hay gente fuera de la ley. Dos calles más allá mataron a tiros a un chico de 15 años hace dos semanas”. Señala Slykers una cámara de seguridad instalada en una farola; una rareza en Alemania, un país poco dado a la videovigilancia por motivos de privacidad.
No es verdad que la policía no entre en el barrio. Vienen, pero siempre reforzados con varias patrullas, para evitar que una turba rodee a un coche policial, como ya ha sucedido. Aún así, en la policía creen que lo de Marxloh y la criminalidad es casi un caso de fake news, explica el portavoz Ramon van der Maat, en la sede de la policía de Duisburgo. “Hace poco más de un año, el sindicato policial quería más efectivos y para ejercer presión empezaron a hablar de que aquello era una no-go area y se fue extendiendo”. Explica que por ejemplo este año ha habido 55.600 delitos en Duisburgo, un 2,8% menos que el año anterior. Aún así, Renania del Norte-Westfalia sigue teniendo una cifra récord de criminalidad respecto a otros estados federados. “Hemos doblado el número de incorporaciones policiales en los últimos siete años. No hay mucho más que se pueda hacer. Es todo muy exagerado, después de las elecciones ya nadie hablará de esto”, piensa Van der Maat.
Aquí hay problemas sociales, no policiales
Caminan por una bocacalle de Marxloh una madre con su hija y su nieta, que han venido a comprar unos zapatos. La madre es cajera y tiene un minijob por el que cobra 450 euros al mes. Siempre vota al SPD y esta vez también lo hará. “Soy una trabajadora; la CDU es para los patronos”, dice Dagmar Keiper, de 54 años. Su hija, con el pelo teñido de rubio asegura que le da miedo ir sola por aquí, porque le dicen cosas. “Si vengo en coche, cierro todas las ventanas y los seguros”. Heinz-Werner Ring, un señor mayor, con gorro de caza, asegura que se está pensando votar a la ultraderecha de Alternativa para Alemania (Afd), que “todos los políticos mienten, todos son iguales. Siempre he votado a Merkel, pero ha dejado entrar a todos esos refugiados…”.
A la parroquia del padre Oliver acuden a la semana unas 1.000 personas a buscar comida, medicinas y ropa. A media mañana, el templo es un trasiego continuo de chicas con velo. “Atendemos sobre todo a musulmanes”, explica Oliver en su despacho, vestido con alzacuellos. El padre maldice el estigma que persigue a Marxloh y que cree lo sepulta en su miseria. “Cuando los jóvenes ponen en el currículum que son de aquí, nadie los quiere contratar. Aquí solo se quedan los mayores y los más débiles. Aquí hay problemas sociales, no policiales”.
Vestidos de novia
Porque Dios aprieta, pero no siempre ahoga, Marxloh tiene una singular tabla de salvación, sin la cual el barrio habría muerto hace tiempo. Este barrio es el paraíso de las novias. Aquí vienen los turcos de toda Europa para comprar sus vestidos de boda. Estambul o Marxloh, esa es la disyuntiva. Aquí hay hasta 40 tiendas de vestidos de princesas a partir de 1000 euros, con su cancán, mucho almidón y toneladas de lentejuelas y pedrerías varias.
Istek Celik, una joven de origen turco de 27 años que despacha en una de esas tiendas, dice que sí, que en Marxloh hay robos, pero que como en todas partes. Cuenta que ha trabajado en un hospital, “¡con mi velo y todo!”, y que a su hijo de cinco años le habla en alemán. Ya en la calle, un par de hombres esperan en una farola a que sus mujeres acaben de comprar. Regentan un restaurante de Kebab en Essen y han venido a comprar un vestido. Llevan 20 años en Alemania, pero no hablan casi el idioma. “Votaremos al SPD, sin duda. Son mucho mejores con los extranjeros”.
A unos diez kilómetros de allí, atardece en el centro de Duisburgo. Hoy hace bueno y las terrazas de la zona peatonal, están a reventar. En la más elegante, cuatro señoras enlacadas beben Aperol con pajita. Se declaran votantes democristianas y liberales. ¿Han estado en Marxloh? “Jamás. Lo hemos visto en las noticias. Aquello es un gueto, ¿no?”
l suburbio de Alemania donde nadie quiere vivir
La inseguridad y los barrios fuera de la ley son temas centrales de la campaña para las decisivas elecciones de Renania del Norte-Westfalia
ANA CARBAJOSA
Duisburgo 13 MAY 2017 - 18:54
Los rostros de los pasajeros que viajan en el tranvía 903 que lleva a Marxloh anticipan que no se dirige al lugar en el que uno sueña que crezcan sus hijos. Ojeras, pelos desteñidos, bocas destentadas y cuerpos engordados viajan hasta el barrio conocido en Alemania como una no go area(área a la que no ir), un lugar donde recomiendan no ir si quiere uno estar a salvo.
En Marxloh, un distrito del norte de Duisburgo es precisamente donde se ha acuñado el término no-go area, que se ha convertido en un arma arrojadiza omnipresente en la campaña de las elecciones regionales de Renania del Norte-Westfalia. El resultado de los comicios que se celebran este domingo decidirá en buena medida las posibilidades que tiene la canciller Angela Merkel de lograr su cuarto mandato.
La imagen de este suburbio en el resto de Alemania es terrorífica. La prensa alemana habla de clanes familiares que controlan Marxloh y de la justicia paralela que supuestamente rige la vida del barrio. Pero lo cierto es que Marxloh ni es una favela brasileña, ni hay balas perdidas esperando a que uno pase por allí. Marxloh es un gueto empobrecido, donde el 60% de sus 20.000 habitantes es de origen extranjero y donde viven aquellos que no tienen posibilidad de escapar. Porque el que puede, se va.
La basura se acumula en las aceras y hay edificios que se caen a trozos. Es fácil encontrar viviendas vacías y hay multitud de tiendas que han echado el cierre para siempre y los locales han quedado abandonados. Por la calle pasan BMW y Mercedes con cristales tintados a gran velocidad. En la parada del tranvía, un joven con la cabeza rapada y pantalones y gorra de camuflaje detalla su viaje ideológico y político. “Mire, yo he sido siempre miembro del SPD [socialistas alemanes], pero ahora voy a votar en blanco. A mi hijo le atacaron con un cuchillo y desde entonces, veo las cosas de otra manera”, dice Oliver O´Donnay, ayudante de laboratorio de 52 años. “Mi madre vive aquí, pero yo tengo miedo de venir por la noche”.
Los dos grandes partidos, democristianos y socialdemócratas, llegan muy igualados a las urnas y durante la campaña han competido por ver quién ofrece más policías, más cámaras y más deportaciones de indocumentados. No es posible que haya lugares en Alemania en los que supuestamente no entra ni la policía y que están vedados al ciudadano medio; no es posible que “nuestras mujeres” no puedan ir tranquilamente por la calle por la noche, repiten los políticos, en alusión a Marxloh y a los ataques sexuales en Colonia de hace año y medio en Nochevieja.
Dagmar Keiper, con su hija y con su nieta en uan calle de Marxloh, al norte de Duisburgo en el Estado federado de Renania del Norte-Westfalia.
Dagmar Keiper, con su hija y con su nieta en uan calle de Marxloh, al norte de Duisburgo en el Estado federado de Renania del Norte-Westfalia. MATTHIAS GRABEN
La oleada de robos en domicilios, los fallos en la lucha antiterrorista (al autor del atentado del mercado de Navidad en Berlín lo dejaron escapar las autoridades renanas) y la degradación de barrios como Marxloh o el norte de Dortmund se entremezclan en un plancton electoral que contribuye a crear una sensación de inseguridad que no siempre coincide con la realidad. La CDU de Angela Merkel, asociada con una línea más dura en materia de seguridad, tiene bastante que ganar con este debate.
Cuenca minera
La historia de Marxloh es también la de la cuenca minera del Ruhr, la del declive de la industria pesada y la reconversión asimétrica. Miles de vecinos de Marxloh, muchos de ellos gastarbeiters (empleados extranjeros) turcos, trabajaron en ThyssenKrupp, la acería cercana, que a partir de los años setenta redujo drásticamente las plantillas. Sin salarios ni poder adquisitivo comenzó el declive y el cierre de los comercios. Comenzó la huida de los más pudientes y la llegada de los desposeídos.
Desde hace unos tres años, cuando Alemania levantó las restricciones a la libre circulación, han desembarcado en Marxloh unos 4.000 rumanos y búlgaros, protagonistas del verdadero problema de integración. “Vienen porque hay muchísimas viviendas vacías, pero no hablan alemán, no tienen formación y aparecen y desaparecen”, explica en un restaurante turco Manfred Slykers, trabajador de la acería y representante del SPD del barrio, en el que ha crecido y donde vive. Cree que lo de la no-go area es una tontería que explotan los políticos, pero “sí, claro, aquí hay gente fuera de la ley. Dos calles más allá mataron a tiros a un chico de 15 años hace dos semanas”. Señala Slykers una cámara de seguridad instalada en una farola; una rareza en Alemania, un país poco dado a la videovigilancia por motivos de privacidad.
No es verdad que la policía no entre en el barrio. Vienen, pero siempre reforzados con varias patrullas, para evitar que una turba rodee a un coche policial, como ya ha sucedido. Aún así, en la policía creen que lo de Marxloh y la criminalidad es casi un caso de fake news, explica el portavoz Ramon van der Maat, en la sede de la policía de Duisburgo. “Hace poco más de un año, el sindicato policial quería más efectivos y para ejercer presión empezaron a hablar de que aquello era una no-go area y se fue extendiendo”. Explica que por ejemplo este año ha habido 55.600 delitos en Duisburgo, un 2,8% menos que el año anterior. Aún así, Renania del Norte-Westfalia sigue teniendo una cifra récord de criminalidad respecto a otros estados federados. “Hemos doblado el número de incorporaciones policiales en los últimos siete años. No hay mucho más que se pueda hacer. Es todo muy exagerado, después de las elecciones ya nadie hablará de esto”, piensa Van der Maat.
Aquí hay problemas sociales, no policiales
Caminan por una bocacalle de Marxloh una madre con su hija y su nieta, que han venido a comprar unos zapatos. La madre es cajera y tiene un minijob por el que cobra 450 euros al mes. Siempre vota al SPD y esta vez también lo hará. “Soy una trabajadora; la CDU es para los patronos”, dice Dagmar Keiper, de 54 años. Su hija, con el pelo teñido de rubio asegura que le da miedo ir sola por aquí, porque le dicen cosas. “Si vengo en coche, cierro todas las ventanas y los seguros”. Heinz-Werner Ring, un señor mayor, con gorro de caza, asegura que se está pensando votar a la ultraderecha de Alternativa para Alemania (Afd), que “todos los políticos mienten, todos son iguales. Siempre he votado a Merkel, pero ha dejado entrar a todos esos refugiados…”.
A la parroquia del padre Oliver acuden a la semana unas 1.000 personas a buscar comida, medicinas y ropa. A media mañana, el templo es un trasiego continuo de chicas con velo. “Atendemos sobre todo a musulmanes”, explica Oliver en su despacho, vestido con alzacuellos. El padre maldice el estigma que persigue a Marxloh y que cree lo sepulta en su miseria. “Cuando los jóvenes ponen en el currículum que son de aquí, nadie los quiere contratar. Aquí solo se quedan los mayores y los más débiles. Aquí hay problemas sociales, no policiales”.
Vestidos de novia
Porque Dios aprieta, pero no siempre ahoga, Marxloh tiene una singular tabla de salvación, sin la cual el barrio habría muerto hace tiempo. Este barrio es el paraíso de las novias. Aquí vienen los turcos de toda Europa para comprar sus vestidos de boda. Estambul o Marxloh, esa es la disyuntiva. Aquí hay hasta 40 tiendas de vestidos de princesas a partir de 1000 euros, con su cancán, mucho almidón y toneladas de lentejuelas y pedrerías varias.
Istek Celik, una joven de origen turco de 27 años que despacha en una de esas tiendas, dice que sí, que en Marxloh hay robos, pero que como en todas partes. Cuenta que ha trabajado en un hospital, “¡con mi velo y todo!”, y que a su hijo de cinco años le habla en alemán. Ya en la calle, un par de hombres esperan en una farola a que sus mujeres acaben de comprar. Regentan un restaurante de Kebab en Essen y han venido a comprar un vestido. Llevan 20 años en Alemania, pero no hablan casi el idioma. “Votaremos al SPD, sin duda. Son mucho mejores con los extranjeros”.
A unos diez kilómetros de allí, atardece en el centro de Duisburgo. Hoy hace bueno y las terrazas de la zona peatonal, están a reventar. En la más elegante, cuatro señoras enlacadas beben Aperol con pajita. Se declaran votantes democristianas y liberales. ¿Han estado en Marxloh? “Jamás. Lo hemos visto en las noticias. Aquello es un gueto, ¿no?”
sábado, 13 de mayo de 2017
lunes, 24 de abril de 2017
sábado, 25 de febrero de 2017
jueves, 9 de junio de 2016
Las últimas palabras de los asesinados por la policía estadounidense (y los datos)
POR OLIVIA CAMP
Hay dos formas de contar la violencia de la policía estadounidense contra una parte importante de los ciudadanos de su país: con datos de los asesinados, y con las palabras de esos mismos asesinados. Ambas son espeluznantes, y deben ir unidas. La conflictividad social por asesinatos de —generalmente— hombres negros desarmados bajo fuego policial en los Estados Unidos ha generado una atención creciente en el último año, a nivel mundial. En agosto de 2014, en Ferguson —una pequeña ciudad de Missouri—, el joven negro de 18 años Michael Brown moría por los disparos de un policía blanco de servicio. El policía justificó su acción en el contexto de una trifulca en la que el joven trató de quitarle el arma, pero la autopsia y testigos desvelaron que el primero de los disparos fue hecho a más de diez metros de distancia, desde el coche policial, cuando el chico se encontraba con los brazos en alto. Lo último que se le escuchó decir fue: “No tengo un arma. ¡Deje de disparar!”. Entre tanto, recibió cinco balazos más, dos de ellos en la cabeza. ¿Un suceso aislado? Todo indica que no, al menos al comprobar la reacción social del vecindario, que ardió en protestas durante las siguientes semanas. Llegó a decretarse el Estado de Emergencia y toque de queda. Durante los disturbios, un periodista del diario The Washington Post y otro del Huffington Post fueron detenidos y coaccionados para que eliminasen parte del material que habían recogido. El policía que mató a Michael Brown quedó libre y sin cargos solo tres meses después de los hechos; en noviembre de 2014 un jurado desestimó la posibilidad de celebrar juicio alguno, arguyendo falta de pruebas.Últimas palabras de Michael Brown, imagen de la serie #lastwords de Shirin Barghi.La mecha prendida en Ferguson tras el asesinato a quemarropa de Michael Brown prendió definitivamente toda la pradera urbana estadounidense. El caso de Brown era una reedición del de Trayvon Martin, un adolescente afroamericano de 17 años muerto en 2012 por los disparos de un vigilante de seguridad blanco en Florida. ¿Otro caso aislado? La indignación de los negros pobres en Estados Unidos indicaba que el “problema racial” era una falacia expresado tal cual, que lo que realmente existía era un “problema policial” inserto en una cuestión de opresión racial y de clase. Un problema de magnitudes terroríficas que la población negra de los Estados Unidos conocía y conoce como el pan suyo de cada día, y que el mundo entero no podía acertar a considerar en su justa medida, básicamente porque un muro de silencio estaba echado sobre los datos de la violencia policial en la primera potencia mundial. La respuesta espontánea de rabia en el verano de 2014 en Ferguson tuvo el gran valor de derribar parte de ese muro ante la opinión pública mundial. Tuvieron que arder calles y silbar disparos en enfrentamientos con la policía para que el mundo prestase atención a lo que estaba ocurriendo en la “tierra de las libertades”. Desde entonces, la pradera ha seguido ardiendo: en febrero de 2015 otro joven afroamericano, Freddie Gray, fallecía en un hospital de Baltimore días después de quedar en coma mientras se encontraba bajo custodia policial. Baltimore, ya no un pequeño suburbio, sino una gran ciudad, fue tomada también por los disturbios. El incendio venía propagado desde Carolina del Sur, donde días antes había sido asesinado por la espalda Walter Scott, de 50 años, desarmado, cuya muerte a consecuencia de los disparos de un agente de policía blanco había sido grabada por un transeúnte y estaba dando la vuelta al mundo. La protestas de la indignación negra se extendieron desde Ferguson a casi doscientas ciudades de todo el país, incluidas Nueva York y Washington, generando un clima que recordaba al de las protestas contra la opresión racial de los años 60.Últimas palabras de Kendrec McDade, imagen de la serie #lastwords de Shirin Barghi.En 2015, al fin, el muro del oprobio que el gobierno estadounidense había construido sobre la barbarie policial contra la población negra y otras minorías —como los hispanos—, con el denominador común de su extracción social de trabajadores pobres, ha comenzado a caer. Y lo que muestra no deja de impresionar. Ante los sucesos de Ferguson, Barack Obama declaró: “Es tiempo de sanar. Es tiempo para la calma y la paz en las calles de Ferguson”. Palabras hipócritas del primer presidente negro de los Estados Unidos, especialmente al saber lo que ocultaban, lo que ahora se sabe. El periódico inglés The Guardian y el americano The Washington Post publicaron este verano sendos reportajes que desvelan los datos y estadísticas de la violencia policial en los Estados Unidos. Según el Post, en los meses hasta agosto de 2015 la policía estadounidense ha matado a 595 personas, a una media de más de dos muertes diarias. The Guardian, por su parte, eleva el número a 708. Los datos son escalofriantes, adquieren el volumen de una auténtico masacre. En cada uno de los diarios se informa en vivo de la cuenta de asesinados, presentando la lista con nombres, apellidos y todos los datos de cada muerte a manos de la policía. El mapa de el Guardian y la cascada que presenta el Post con los nombres y rostros de los muertos estremecen.Últimas palabras de Eric Garner, imagen de la serie #lastwords de Shirin Barghi.Los datos que el periódico inglés y el norteamericano han sacado a la luz han venido a poner en evidencia un enorme mecanismo de violencia sobre la población negra que se sostiene de manera sistemática, es decir, con la connivencia —como poco— de los aparatos del Estado. El FBI es quien maneja las estadísticas anuales por lo que oficialmente se denomina “homicidio justificado”, categoría en la que entran todos los homicidios cometidos por las fuerzas de seguridad en acto de servicio. Según los datos recopilados por la Oficina Federal de Investigaciones, en 2013 se archivaron 461 de estos “homicidios justificados” de la policía. Sin embargo, la cifra se puede considerar muy lejos de reflejar el resultado real, a juzgar por el hecho de que los datos que se sirven para elaborar dicho informe son los que voluntariamente recibe el FBI de las agencias policiales de todo el país. Hay cerca de 18.000 agencias de policía en Estados Unidos, solo unas 800 colaboran reportando sus estadísticas. En el año 2014, la Policía de Nueva York fue una de las agencias que no facilitó sus datos.Últimas palabras de John Crawford, imagen de la serie #lastwords de Shirin Barghi.Se entiende, ante este panorama, la necesidad de contar al fin con los datos elaborados por el Guardian y el Post, en una de esas escasísimas demostraciones de dignidad periodística entre los grandes medios. No obstante, los datos pueden caer en el peligro de abrumar, de deshumanizar la tragedia. Es difícil imaginar qué representan más de mil personas muertas cada año por la violencia policial. Se corre el riesgo de que la dimensión de las cifras abstraiga el problema. La reacción ante los números se vuelve mecánica y paralizante, es la misma ante mil muertes al año que ante diez mil, porque resulta imposible imaginar a todas esas víctimas con sus gestos humanos, con sus historias personales, en su individualidad. Es entonces cuando las palabras deben resolverle la ecuación a los números, para ayudarnos a comprender humanamente la aberrante magnitud del problema. Precisamente a consecuencia de los disturbios en Ferguson, Shirin Barghi, una periodista iraní radicada en Nueva York, decidió crear una pequeña serie de viñetas titulada #LastWords (últimas palabras). En ellas imprimió unos sencillos dibujos en blanco sobre negro y las últimas palabras dichas por personas asesinadas por la policía en los últimos años. “I can’t breathe” (No puedo respirar), dijo Eric Garner el 17 de julio de 2014. “I don’t have a gun. Stop shooting”, Michael Brown. “Please, don’t let me die” (Por favor, no me deje morir), dijo Kimani Gray, de 16 años, el 9 de marzo de 2013. “It’s not real”, pronunció John Crawford, solo 22 años de edad, el 5 de agosto de 2014. “Why did you shoot me?” (¿Por qué me dispara?), dijo el joven de 19 años Kendrec McDade, el 24 de marzo de 2012, antes de morir. El efecto de estas imágenes fue viral. Hoy, suponen uno de los complementos inevitables para comprender la dimensión de los crímenes sistemáticos de la policía estadounidense contra los negros pobres de su país. Habrá muchos más datos que publicar, y muchas más palabras deberán acompañarlos, todo tipo de expresiones artísticas y culturales que den a conocer el problema y su naturaleza. Aún tiene mucha pradera que arder en los Estados Unidos. No es tiempo de calma, Barack. La última palabra de los asesinados está por decir
POR OLIVIA CAMP
Hay dos formas de contar la violencia de la policía estadounidense contra una parte importante de los ciudadanos de su país: con datos de los asesinados, y con las palabras de esos mismos asesinados. Ambas son espeluznantes, y deben ir unidas. La conflictividad social por asesinatos de —generalmente— hombres negros desarmados bajo fuego policial en los Estados Unidos ha generado una atención creciente en el último año, a nivel mundial. En agosto de 2014, en Ferguson —una pequeña ciudad de Missouri—, el joven negro de 18 años Michael Brown moría por los disparos de un policía blanco de servicio. El policía justificó su acción en el contexto de una trifulca en la que el joven trató de quitarle el arma, pero la autopsia y testigos desvelaron que el primero de los disparos fue hecho a más de diez metros de distancia, desde el coche policial, cuando el chico se encontraba con los brazos en alto. Lo último que se le escuchó decir fue: “No tengo un arma. ¡Deje de disparar!”. Entre tanto, recibió cinco balazos más, dos de ellos en la cabeza. ¿Un suceso aislado? Todo indica que no, al menos al comprobar la reacción social del vecindario, que ardió en protestas durante las siguientes semanas. Llegó a decretarse el Estado de Emergencia y toque de queda. Durante los disturbios, un periodista del diario The Washington Post y otro del Huffington Post fueron detenidos y coaccionados para que eliminasen parte del material que habían recogido. El policía que mató a Michael Brown quedó libre y sin cargos solo tres meses después de los hechos; en noviembre de 2014 un jurado desestimó la posibilidad de celebrar juicio alguno, arguyendo falta de pruebas.Últimas palabras de Michael Brown, imagen de la serie #lastwords de Shirin Barghi.La mecha prendida en Ferguson tras el asesinato a quemarropa de Michael Brown prendió definitivamente toda la pradera urbana estadounidense. El caso de Brown era una reedición del de Trayvon Martin, un adolescente afroamericano de 17 años muerto en 2012 por los disparos de un vigilante de seguridad blanco en Florida. ¿Otro caso aislado? La indignación de los negros pobres en Estados Unidos indicaba que el “problema racial” era una falacia expresado tal cual, que lo que realmente existía era un “problema policial” inserto en una cuestión de opresión racial y de clase. Un problema de magnitudes terroríficas que la población negra de los Estados Unidos conocía y conoce como el pan suyo de cada día, y que el mundo entero no podía acertar a considerar en su justa medida, básicamente porque un muro de silencio estaba echado sobre los datos de la violencia policial en la primera potencia mundial. La respuesta espontánea de rabia en el verano de 2014 en Ferguson tuvo el gran valor de derribar parte de ese muro ante la opinión pública mundial. Tuvieron que arder calles y silbar disparos en enfrentamientos con la policía para que el mundo prestase atención a lo que estaba ocurriendo en la “tierra de las libertades”. Desde entonces, la pradera ha seguido ardiendo: en febrero de 2015 otro joven afroamericano, Freddie Gray, fallecía en un hospital de Baltimore días después de quedar en coma mientras se encontraba bajo custodia policial. Baltimore, ya no un pequeño suburbio, sino una gran ciudad, fue tomada también por los disturbios. El incendio venía propagado desde Carolina del Sur, donde días antes había sido asesinado por la espalda Walter Scott, de 50 años, desarmado, cuya muerte a consecuencia de los disparos de un agente de policía blanco había sido grabada por un transeúnte y estaba dando la vuelta al mundo. La protestas de la indignación negra se extendieron desde Ferguson a casi doscientas ciudades de todo el país, incluidas Nueva York y Washington, generando un clima que recordaba al de las protestas contra la opresión racial de los años 60.Últimas palabras de Kendrec McDade, imagen de la serie #lastwords de Shirin Barghi.En 2015, al fin, el muro del oprobio que el gobierno estadounidense había construido sobre la barbarie policial contra la población negra y otras minorías —como los hispanos—, con el denominador común de su extracción social de trabajadores pobres, ha comenzado a caer. Y lo que muestra no deja de impresionar. Ante los sucesos de Ferguson, Barack Obama declaró: “Es tiempo de sanar. Es tiempo para la calma y la paz en las calles de Ferguson”. Palabras hipócritas del primer presidente negro de los Estados Unidos, especialmente al saber lo que ocultaban, lo que ahora se sabe. El periódico inglés The Guardian y el americano The Washington Post publicaron este verano sendos reportajes que desvelan los datos y estadísticas de la violencia policial en los Estados Unidos. Según el Post, en los meses hasta agosto de 2015 la policía estadounidense ha matado a 595 personas, a una media de más de dos muertes diarias. The Guardian, por su parte, eleva el número a 708. Los datos son escalofriantes, adquieren el volumen de una auténtico masacre. En cada uno de los diarios se informa en vivo de la cuenta de asesinados, presentando la lista con nombres, apellidos y todos los datos de cada muerte a manos de la policía. El mapa de el Guardian y la cascada que presenta el Post con los nombres y rostros de los muertos estremecen.Últimas palabras de Eric Garner, imagen de la serie #lastwords de Shirin Barghi.Los datos que el periódico inglés y el norteamericano han sacado a la luz han venido a poner en evidencia un enorme mecanismo de violencia sobre la población negra que se sostiene de manera sistemática, es decir, con la connivencia —como poco— de los aparatos del Estado. El FBI es quien maneja las estadísticas anuales por lo que oficialmente se denomina “homicidio justificado”, categoría en la que entran todos los homicidios cometidos por las fuerzas de seguridad en acto de servicio. Según los datos recopilados por la Oficina Federal de Investigaciones, en 2013 se archivaron 461 de estos “homicidios justificados” de la policía. Sin embargo, la cifra se puede considerar muy lejos de reflejar el resultado real, a juzgar por el hecho de que los datos que se sirven para elaborar dicho informe son los que voluntariamente recibe el FBI de las agencias policiales de todo el país. Hay cerca de 18.000 agencias de policía en Estados Unidos, solo unas 800 colaboran reportando sus estadísticas. En el año 2014, la Policía de Nueva York fue una de las agencias que no facilitó sus datos.Últimas palabras de John Crawford, imagen de la serie #lastwords de Shirin Barghi.Se entiende, ante este panorama, la necesidad de contar al fin con los datos elaborados por el Guardian y el Post, en una de esas escasísimas demostraciones de dignidad periodística entre los grandes medios. No obstante, los datos pueden caer en el peligro de abrumar, de deshumanizar la tragedia. Es difícil imaginar qué representan más de mil personas muertas cada año por la violencia policial. Se corre el riesgo de que la dimensión de las cifras abstraiga el problema. La reacción ante los números se vuelve mecánica y paralizante, es la misma ante mil muertes al año que ante diez mil, porque resulta imposible imaginar a todas esas víctimas con sus gestos humanos, con sus historias personales, en su individualidad. Es entonces cuando las palabras deben resolverle la ecuación a los números, para ayudarnos a comprender humanamente la aberrante magnitud del problema. Precisamente a consecuencia de los disturbios en Ferguson, Shirin Barghi, una periodista iraní radicada en Nueva York, decidió crear una pequeña serie de viñetas titulada #LastWords (últimas palabras). En ellas imprimió unos sencillos dibujos en blanco sobre negro y las últimas palabras dichas por personas asesinadas por la policía en los últimos años. “I can’t breathe” (No puedo respirar), dijo Eric Garner el 17 de julio de 2014. “I don’t have a gun. Stop shooting”, Michael Brown. “Please, don’t let me die” (Por favor, no me deje morir), dijo Kimani Gray, de 16 años, el 9 de marzo de 2013. “It’s not real”, pronunció John Crawford, solo 22 años de edad, el 5 de agosto de 2014. “Why did you shoot me?” (¿Por qué me dispara?), dijo el joven de 19 años Kendrec McDade, el 24 de marzo de 2012, antes de morir. El efecto de estas imágenes fue viral. Hoy, suponen uno de los complementos inevitables para comprender la dimensión de los crímenes sistemáticos de la policía estadounidense contra los negros pobres de su país. Habrá muchos más datos que publicar, y muchas más palabras deberán acompañarlos, todo tipo de expresiones artísticas y culturales que den a conocer el problema y su naturaleza. Aún tiene mucha pradera que arder en los Estados Unidos. No es tiempo de calma, Barack. La última palabra de los asesinados está por decir
viernes, 20 de noviembre de 2015
Urbanismo Participativo a través de los niños. Blog La Ciudad Viva
Urbanismo participativo: el protagonismo de los niños en la ciudad
por Sabrina Gaudino — Lunes, 7 de septiembre de 2015
“En un tiempo tuvimos miedo del bosque. Era el bosque del lobo, del ogro, de la oscuridad. Era el lugar donde nos podíamos perder. Cuando los abuelos nos contaban cuentos, el bosque era el lugar preferido para ocultarse los enemigos, las trampas, las congojas. (…) En un tiempo, nos sentimos seguros entre las casas, en la ciudad, con el vecindario. Éste era el sitio donde buscábamos a los compañeros, donde los encontrábamos para jugar juntos. Allí estaba nuestro sitio, el sitio donde nos escondíamos, donde organizábamos la pandilla, donde jugábamos a mamás, donde escondíamos el tesoro… Eran los lugares donde se construían juguetes según las modalidades y habilidades robadas a los adultos, aprovechando siempre los recursos que ofrecía el medio. Aquél era nuestro mundo.” (Tonucci, F.)1
¿En qué se parecen el bosque del cuento de la Caperucita Roja y la vida en una ciudad moderna? La referencia del bosque, los miedos que evoca desde la oscuridad y los peligros que este oculta son tópicos que encontramos en cuentos y que Francesco Tonucci nos plantea para hacer la analogía con la ciudad y los peligros que presenta para los niños. Con esta oportuna semejanza partimos hacia la reflexión sobre el espacio público, sobre cómo les afecta la calidad del entorno, señalando algunas prácticas que pueden darnos pistas sobre cómo hacer espacios flexibles y en consonancia con los anhelos de los habitantes más vulnerables de la ciudad. Esto nos llevará a conocer una parte del proyecto PAM con el dibujo de la Plaza Pizarro, actividad participativa y de experimentación del espacio que dejó en evidencia el protagonismo de los niños en la ciudad.
Con este precedente podemos afirmar que en las urbes los problemas que afectan a los niños de las ciudades son la inseguridad y la dureza del espacio público. Estos males propios de las ciudades contemporáneas son consecuencia de la forma de planificación, la forma de gestionar y distribuir los usos, del diseño y de las dinámicas que resultan de todos estos factores combinados.
En un entorno donde el diseño urbano se ha centrado en producir espacios con evidente incapacidad para adaptarse a las distintas formas de usos y de ofrecerse disponible para todos los ciudadanos (incluyendo los más vulnerables), observamos que los niños no están visibles activamente en las calles si no es de la mano de sus padres, al paso de un ir y venir de la casa al colegio o de un lugar a otro sin permanencia, sin intercambio, sin interacción con el contexto y con otros niños, no los vemos correr ni jugar libremente porque la ciudad es, como lo es el bosque para caperucita roja, un lugar que encubre peligros. Calles donde los automóviles desarrollan altas velocidades, motos que se suben a las aceras para aparcar, ausencia de espacios para la estancia, carencia de mobiliario flexible… son algunas características del espacio que ha producido el diseño urbano y que ha expulsado a los infantes de las calles, confinándolos a recintos aislados. De esta forma el urbanismo, haciendo ademán de solución a los requerimientos según tablas y porcentajes, les da a estos pequeños ciudadanos el esquinazo de una zona programada de juegos (con carácter de oasis) como única alternativa recreativa. Aunque estos lugares son utilitarios, para un niño el medio urbano (además de los espacios naturales) produce mayor interés que una zona aislada de juegos. En el proceso de crecimiento humano es fundamental la experimentación de la ciudad porque además de ser este el medio donde habitamos, es el continente del conocimiento, de los distintos niveles de organización y complejidad, extenso y variable que configura el sistema social.
La zonificación ha hecho su aporte calificando el espacio tan rígida y matemáticamente, distribuyendo porcentajes de área como si de un dispositivo mecánico se tratara. Las zonas verdes en la ciudad son muy necesarias y de un gran valor para la calidad paisajística y ambiental, pero no son suficientes para la integral interacción, experimentación y aprendizaje de los niños en su entorno urbano; estos espacios verdes (sin menosprecio de la necesaria interacción con el medio natural antropizado) son complementarios de una red más amplia dentro de la ciudad compuesta de espacios abiertos como lo son las calles y las plazas.
“Si le arrebatamos el lugar de juego al pie de su casa y se lo devolvemos, quizá cien veces mejor y más grande, a un kilómetro de distancia, en realidad se lo hemos robado. Y punto. Al parque lejano sólo podrá ir si un adulto lo acompaña; por tanto, sólo dentro del horario del adulto. Podrá ir únicamente si se cambia, si no da vergüenza ir con él por la calle; quien lo acompaña debe esperarlo y mientras lo espera, lo vigila; pero bajo vigilancia no se puede jugar.” (Tonucci, F.)2
A la par de promover espacios verdes en la ciudad es menester complementar la infraestructura de la ciudad con un itinerario de espacios que ofrezcan a los niños la posibilidad de crecer en un escenario seguro, didáctico y amigable, porque la ciudad es el soporte para el desarrollo y la construcción de la identidad social y cultural.
“Los ambientes donde los niños pasan la mayor parte de su tiempo tienen gran importancia en su desarrollo ya que éstos buscan de manera activa pistas sobre cómo comportarse, quiénes son o qué pueden hacer en esos ambientes. Al ser más permeables a lo que les rodea, es importante la calidad del ambiente en el que crecen los niños, ya que son más vulnerables a las condiciones adversas que los adultos. Y, en este sentido, puede afirmarse que, a mayor calidad ambiental, mejor funcionamiento cognitivo.” (Corraliza, 2015)3
Salir del espacio papel de un proyecto haciendo partícipe de este a los ciudadanos, experimentando y viviendo el espacio, es una alternativa a la planificación del urbanismo clásico que se conoce como urbanismo táctico o emergente. Una alternativa que, con miras a definirse como modelo o método, puede trascender de lo optativo a lo fundamental. Esta forma de urbanismo funciona como un programa abierto que permite su verificación y retroalimentación constante a través de los datos que aportan todas las variables. Es un modelo flexible, permeable, transparente y participativo.
Hacer espacio público con el proyecto y la participación ciudadana: el dibujo de la Plaza Pizarro del proyecto PAM mostró el papel protagónico de los niños en la ciudad
Hace unos meses tuve la oportunidad de participar en el dibujo de la Plaza Pizarro a escala real. La plaza es parte del proyecto PAM (Propuesta Alternativa de Mejora del diseño de las calles Hernán Cortés y Pizarro)4 que ha desarrollado el equipo EFGarquitectura y que contempla reurbanizar un sector del Ensanche de la ciudad de Valencia con intención de extrapolarse a otras calles de la zona. En el sector que comprende la plaza se propone convertir la intersección de dos calles en una plaza, extendiendo a su máxima expresión la acera de uno de los chaflanes hasta su opuesto, dejando un espacio perimetral para el paso de vehículos; priorizando al peatón y suavizando el tráfico motorizado.
El proyecto PAM surgió como una respuesta a la iniciativa del Ayuntamiento de poner en marcha las obras de reforma de infraestructura de un sector del primer Ensanche de Valencia, en vista de que el Proyecto Municipal carecía de soluciones sensibles a la calidad del espacio público. Estamos en un sector céntrico muy transitado que además de ser una zona residencial y comercial (aquí encontramos tiendas, oficinas y servicios) también forma parte de la ruta turística de la ciudad.
Ante el inminente inicio de las obras del Proyecto Municipal, el equipo redactor (arquitectos que viven y trabajan en la zona) de la PAM desarrolló en tiempo record una contrapropuesta que fue entregada a la Concejalía de Urbanismo para conciliar el diálogo y la participación entre los vecinos y el Ayuntamiento. La propuesta busca resolver los problemas que presentan las calles de esta zona: contaminación sonora y del aire por el alto índice de tráfico motorizado, ausencia de espacio público y de mobiliario urbano para la cómoda y segura estancia de los viandantes, aceras estrechas, ausencia de arbolado y de recorridos verdes.
Aprovechamiento del cruce en ambas propuestas: Izda. Proyecto Municipal. Drcha. PAM. Fuente EFGarquitectura
Por otro lado el Proyecto Municipal se resume en aprovechar los chaflanes para ampliar las aceras en esos puntos y en el resto de transversales y “renovar” el aspecto de las calles cambiando el acabado del pavimento. A pesar de la problemática evidente no encontramos en el Proyecto Municipal una contundente solución a éstos; el automóvil sigue teniendo primacía, ampliar la acera del chaflán por sí solo no genera espacio público, ampliar un poco más las aceras sin arbolado no aumenta el confort climático en verano ni se mejora la calidad del paisaje.
Participación y comprobación: Figuración de la propuesta y dibujo de la plaza. Fuente EFGarquitectura
La ausencia de respuesta por parte de la Concejalía de Urbanismo a la presentada PAM dejó en suspenso el intento de confrontar y conciliar posturas, de atender los requerimientos de los vecinos. Este escenario dio fuerza a la intención de dibujar la Plaza Pizarro a escala real para la experimentación del espacio a la vez que una forma de mostrar y comprobar con todos (vecinos, viandantes, trabajadores de la zona…) la propuesta alternativa. Uno de los objetivos era hacer eco de la opinión de los ciudadanos dando la oportunidad de participar a los vecinos y viandantes. Otro de los objetivos era comprobar, a modo de test, el contenido técnico y de diseño del proyecto para evidenciar la posibilidad de aprovechamiento máximo del espacio, transformando “un cruce en una plaza”. Todo esto en contraposición al Proyecto Municipal que propone ampliar las aceras de los 4 chaflanes dejando un espacio fragmentado con reducida utilidad para la estancia.
Urbanismo participativo: Un cruce se convirtió en plaza por 10 horas
Aquel día se cortó el tráfico por diez horas a los vehículos motorizados en el tramo de intersección de la calle Pizarro y Cirilo Amorós. Con tiza en mano se delimitó el espacio, se dibujó una de las dianas que caracterizan los cruces y el sambori, un centenar de cajas de plástico para naranjas apiladas formaban el mobiliario efímero, el resto se hizo al instante con la llegada de los niños que de forma espontánea iniciaron el juego en un lugar siempre dominado por el tráfico motorizado.
La prueba de la propuesta, en su parte técnica, no pudo llevarse a cabo en su totalidad porque no pudo incorporarse de la forma que se propone el paso vehicular dada la ubicación de elementos inamovibles del espacio, tal como las farolas y la batería de aparcamiento que ocupan lo que en la propuesta corresponde a la calzada; recordemos que la plaza no limita el paso de vehículos, simplemente les reduce la calzada a un carril. Sin embargo más importante en esta actividad era comprobar que una intersección de calles puede transformarse en un lugar flexible, seguro y amable si el espacio se planifica y diseña dando prioridad a las personas.
Como si de una fórmula mágica se tratara aquel cruce se transformó en un lugar de encuentro y de juegos. Los padres que venían de buscar a sus hijos a las guarderías se acercaron, los niños inmediatamente se encontraron cómodos para jugar y correr sin miedo al paso de los automóviles, los viandantes curiosos se detenían y se hacían asiento en las cajas que servían de banco, el bar de la esquina aprovechó para trasladar a la plaza las mesas que ocupaban la acera, los vecinos veían incrédulos desde sus ventanas que tanta vida peatonal pudiera darse lejos de los días de Fallas.
Las impresiones de los participantes dejaron en evidencia lo que se tenía analizado en la propuesta y las actividades que emprendieron los niños manifestaron la urgente necesidad de un lugar para ellos. Los niños y niñas decían, “es como estar en un parque”, “podemos encontrarnos con niños y niñas del barrio”, “me gustaría que fuese así todos los días porque al salir del cole podría venir a jugar aquí antes de subir a casa”, “aquí podemos jugar todos”. Los padres y madres comentaban que “es necesario disponer de espacios seguros en donde poder llevar a los niños, a pie de casa o más cerca del río (así se le llama al parque que era el antiguo cauce del río Turia), porque son varios kilómetros para llegar al parque y el poco tiempo que dejan los deberes de los hijos y el trabajo reduce las horas de esparcimiento al fin de semana”, “dejarlos salir de casa y que cerca tengan un espacio seguro donde jugar con otros niños”. Los grupos de jóvenes adolescentes comentaban “echamos en falta un lugar donde encontrarnos, donde poder pasar el rato sentados, charlando”. Los viandantes curiosos preguntaban “¿qué pasa aquí?”, “¿alguna actividad para los niños?”, “¿puedo quedarme?”. Vecinos y viandantes se pusieron cómodos en los asientos que ofrecían las cajas de naranja y comentaban que “en esta zona hace falta un lugar donde estar un rato sin tener que comprar un café para sentarte en la terraza del bar”. Las personas que trabajan en los comercios opinaron que “de hacerse realidad la plaza habría más afluencia y tráfico peatonal, un espacio así llama a mucha gente y eso favorece al comercio”.
Los niños estaban ocupados en sus juegos mientras los adultos intercambiábamos impresiones. Ver a los niños libres, corriendo de una esquina a otra, saltando en el sambori, subiendo y bajando de las cajas que habían apilado para hacer una tarima, los niños jugando con sus padres, improvisando porterías imaginarias en el lugar delimitado como “campo de fútbol” y diseñando el mundo de sus aventuras en aquella efímera idealización, me recordó la habilidad que tenemos de transformar el espacio y del poder que tienen los niños de darnos lecciones de cómo vivir bien.
El proyecto PAM es mucho más amplio e integra soluciones de tipo técnico y logístico del entorno así como aspectos de diseño y paisaje. En esta ocasión se ha enfatizado en la Plaza Pizarro, que corresponde a un sector de la propuesta, puesto que la experimentación puso en evidencia la carencia de lugares para los niños, demostró la necesidad que tienen estos de salir de sus casas y encontrarse con otros. La compacidad del barrio permite que se reafirmen las características más valoradas del espacio público, la seguridad, la flexibilidad y la participación para incluir a todas las personas sin restricción de edad.
Fórmulas urbanas: flexibilidad
Retomando aquella frase de un párrafo anterior “como si de una fórmula mágica se tratara”, hacemos la reflexión sobre lo que solemos aplicar cuando llamamos a las fórmulas para tratar los problemas urbanos, aquí entramos en un campo complejo. El urbanismo clásico carece de cientificidad5 para determinar la efectividad diciendo que sólo utilizando determinados elementos se obtendrán tales resultados que favorezcan determinadas condiciones, y que en el intento de solucionar un problema no se vean afectadas otras variables; el urbanismo clásico trabaja de forma rígida, vertical-horizontal, no transversalmente. Las variables del universo urbano son de tal complejidad e incertidumbre que requieren una comprensión hermenéutica para tratar problemas en un entorno no controlado; la ciudad no es un laboratorio en el que se puedan controlar todas las variables y predecir los resultados.
La inflexibilidad del urbanismo moderno es consecuencia de entender la ciudad como un “problema sencillo de dos variables”6. Por el contrario se habla de flexibilidad cuando se planifica entendiendo la complejidad de lo urbano como un organismo en el que múltiples factores participan en el funcionamiento de un todo, como podemos encontrar en el pensamiento organicista y funcionalista.
La experimentación del espacio a través de la participación y la gestión comunitaria parecen ser las formas de planificación más abiertas y hermenéuticas hacia la construcción de un urbanismo flexible, de entornos asequibles y más cercanos a los requerimientos humanos. Por tanto, las propuestas hacia la construcción de ciudades amables que sirvan a los niños y niñas deben conocer qué necesitan sus habitantes, qué echan en falta, qué aspectos y elementos mejorarían su calidad de vida o harían más agradable el trayecto al trabajo o a casa, qué espacios les permiten disfrutar de la ciudad. Una ciudad que hace protagonista a los niños es abierta, flexible, inclusiva, permeable, participativa y segura, porque éstos también son actores sociales.
Notas:
- Tonucci, Francesco. La Ciudad de los Niños. [en línea] Disponible en: http://myslide.es/documents/la-ciudad-de-los-ninos-francesco-tonucci.html
- Ibidem.
- Corraliaza, José Antonio. (2015). Experiencia infantil de los entornos urbanos. En: http://www.fundrogertorne.org/salud-infancia-medio-ambiente/divulga/inspira-nuevo/2015/08/13/experiencia-infantil-de-los-entornos-urbanos-2/
- PAM al completo en: http://efgarquitectura.es/wppam/
- Cientifismo: “Término usado para calificar aquellas prácticas que conceden un papel crucial a la ciencia y la tecnología como factor de resolución de problemas y estructuración de las relaciones sociales. Se trata de destacar el decisivo papel que desempañan la ciencia y al tecnología en las sociedades desarrolladas contemporáneas. Según Feyerabend, la ciencia y la tecnología se han erigido en un mecanismo ideológico que permite la hegemonía de un determinado tipo de conocimiento frente al resto de tradiciones.” En: Castro Nogueira, L. Castro Nogueira, M. & Morales Navarro, J. (2008). Metodología de las ciencias sociales. (2ª.edición) (p.817). Madrid: Tecnos.
- Jacobs, Jane. (2011). Muerte y vida de las grandes ciudades. (p.468). Madrid: Capitán Swing Libros, S.L.
*Las imágenes sin referencia pertenecen al archivo personal de la edición.
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